
En los Países Bajos lo llamamos «el criminal de los abrazos». Un apodo encantador, ¿verdad? Te encuentras ahora mismo en el mismo lugar donde nació Willem «el Nariz» Holleeder el 29 de mayo de 1958. Por aquel entonces, este barrio era un barrio obrero y agitado, lleno de calles estrechas y de personajes con mucho carácter. Willem encajaba perfectamente.
Su padre se ganaba la vida llevando en coche a Freddy Heineken. El mundo es un pañuelo, porque el joven Willem secuestraría más tarde a ese mismo Heineken, exigiendo 35 millones de florines y acaparando los titulares internacionales en 1983. Una jugada audaz. Las víctimas permanecieron encerradas en un almacén durante semanas, y ni siquiera después de que se pagara el rescate nadie abrió la puerta. La policía acabó encontrándolos gracias a una pista anónima.
Holleeder y su banda huyeron a París, fueron capturados y cumplieron condena en prisión. Tras su puesta en libertad en 1992, mantuvo un perfil bajo durante unos cinco minutos antes de ser detenido de nuevo. Y otra vez. La prensa lo adoraba. «El criminal entrañable», lo llamaban, casi esperando que apareciera en un programa de entrevistas con un guiño y una sonrisa.
La sonrisa se desvaneció en julio de 2019, cuando un tribunal de Ámsterdam lo condenó a cadena perpetua por ordenar seis asesinatos. Incluso sus propias hermanas testificaron en su contra.
Encantador, desde luego.
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