
La noche del 2 de septiembre de 1666, un panadero de Pudding Lane dejó su horno encendido durante demasiado tiempo. Por la mañana, Londres estaba en llamas. La ciudad era entonces un laberinto densamente poblado de callejuelas estrechas y casas con estructura de madera que se apoyaban unas sobre otras, secas como leña tras un largo y caluroso verano. El fuego no se propagó tanto como saltó, devorando calle tras calle a una velocidad aterradora.
En 24 horas, 300 hogares habían desaparecido. En cinco días, cuatro quintas partes de toda la ciudad de Londres habían quedado reducidas a cenizas. Casi 90 iglesias ardieron, incluida la gran catedral de San Pablo. Cientos de miles de londinenses huyeron llevando consigo todo lo que pudieron agarrar, a veces trasladando sus pertenencias varias veces a medida que el fuego cambiaba de dirección. Según se dice, el rey Carlos II, que gobernaba Inglaterra en aquel momento, se unió en persona a las cadenas humanas con cubos para ayudar a combatir el incendio.
Cuando el humo finalmente se disipó, al arquitecto Christopher Wren se le encomendó la tarea de reconstruir la ciudad desde cero. Su rediseñada catedral de San Pablo sigue dominando el horizonte hoy en día. El desastre también llevó a la prohibición de la construcción en madera en la ciudad, transformando Londres en algo mucho más duradero.
El número oficial de víctimas mortales osciló entre seis y quince personas, lo cual, dada la magnitud de la destrucción, es lo más londinense que se pueda imaginar: un caos catastrófico del que, de alguna manera, se salió con vida manteniendo la compostura.
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