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Palacio de Buckingham

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El Palacio de Buckingham no fue en sus orígenes una residencia real. En 1703, no era más que una majestuosa mansión construida para John Sheffield, un acaudalado noble inglés. El rey Jorge III la adquirió en 1762 como residencia privada, y durante décadas siguió siéndolo. Entonces llegó la reina Victoria.

 

Cuando Victoria subió al trono en 1837, tomó una decisión audaz: declaró el Palacio de Buckingham residencia oficial de la monarquía británica. Su motivación fue en parte personal. Quería distanciarse de su dominante madre y de los consejeros que habían controlado su infancia. Al mudarse aquí, estaba marcando una línea divisoria. El palacio que se ve hoy en día lleva esa decisión en su esencia.

 

En su interior, las Salas de Estado albergan una de las mejores colecciones de arte real del mundo, con pinturas de Rembrandt y Vermeer junto a esculturas y porcelana de Sèvres de gran rareza. La Sala del Trono, dorada y grandiosa, sirve de escenario para ceremonias oficiales e innumerables retratos de Estado.

 

Desde 1993, el palacio abre sus puertas al público cada verano, permitiendo a los visitantes recorrer las salas que han acogido a líderes mundiales, jefes de Estado y siglos de pompa real.

 

¿Y la bandera que ondea sobre el pabellón central? Esa te indica exactamente si el rey está en casa. Un detalle muy útil si por casualidad te pasas por allí sin avisar.

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